miércoles, 10 de diciembre de 2008

No va a pasar nada

En un salón silencioso con el público que espera dando vueltas por el bar, hay un escenario vacío y una persona con el torso desnudo, tiradores de cuero y un delantal de cintura de cuero negro, que elige gente del público, la mira a los ojos, le toma la mano suave, muy suave, y con voz grave los invita a acompañarlo. Así se van llevando gente, en tandas de diez personas. Se van con el seño fruncido, por un rato no vuelven pero regresan sonrientes. Todos esperan que pase algo, pero de fondo una voz reza: “No va a pasar nada”. Así el grupo La secta le da comienzo al espectáculo.
Me llevan a un pasillo oscuro con otros. Vamos pasando por distintos salones que están apenas iluminados con velas: en uno hay un joven recostado sobre un sillón con broches en el cuerpo, en la nariz, en los brazos. También tiene el torso desnudo y de la cintura para abajo tiene un manto de cuero negro, todos están más o menos así vestidos. Ahora nos invitan a tocar al que está ahí en el sillón. Nadie se anima, hay cierto temor, pero por fin el que está al lado mío con un poco de violencia le quita el broche de la nariz y se lo prende en una ceja. Entonces, todos empiezan a experimentar con ese cuerpo que se mueve poco pero espasmódicamente. En otro salón un hombre intenta comer y no puede porque tiene la cara envuelta con film y se chorrea.
Así es todo, parece que no pasa nada pero empieza la música que crea otro ambiente. Distinto. Los músicos que estaban en la obra, ahora suben al escenario. Gastón Cingolani y Alejandro Arecha en voz, Fabián Piccineli en teclados, Hugo Fernández en guitarra, Esteban Goral en batería, Marcos Scarafoni en bajo, Ulises Cremonte en actuación y mix dj, Amanda en actuación, Julieta Lloret en imagen y las Asistentes María y Zaida.
Suena lo ambient, la electrónica, el rock, siempre montado sobre una escena; la música ahora es parte de la escenografía. La música y el teatro son indivisibles, pasa todo junto. Todos se plantean como samplers, un nexo entre la música y la actuación, como partes de una pista de audio y un hombre con maquillaje plateado y una notebook los mezcla, tira pistas en algunos pasajes.
Ese es un show, pero siempre habrá un juego de miedo, ironía y seducción, acompañado por música, y a ellos que juegan a ser otros, mientras se prueban y miden qué se animan a hacer ahí frente al público.
Utilizan todos los recursos relacionados con los sentidos e intentan romper lo preestablecido, sobre todo con la cotidianeidad del lugar, y no pierden oportunidad para darle protagonismo al público, desde la participación hasta la interpretación. La secta lanza un mensaje que usa como disparador, y que cada uno entienda. Son cínicos, sagaces, grotescos y tienen espontaneidad.
Parecen extranjeros por el vestuario que usan y por la rareza de lo que plantean, sin embargo no generan rechazo, porque son sensuales, cuidan la estética y los movimientos. A muchos les recuerda a la banda alemana Ramstein, que surgió en paralelo. Pueden hacer temas propios con un estilo similar y suenan con la misma potencia, como es el caso de sus dos hits: El volador y Un gusano de cemento, o disparatar con una versión de Mirada Speed de Virus y reflejar el mismo estilo pero con un toque de ironía.
Ellos dicen: “Si gusta, o no, no interesa, lo demás se defiende por sí solo”. Lo que importa es que cautivan, si les interesa verlos, pronto llegarán las coordenadas de su próxima aparición.

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