Mejor hablar de ciertas cosas
Flaco como siempre, ahora más, está en una sala bien iluminada con paredes verdes, vestido con un pantalón de pijama blanco y una camiseta, también blanca, de manga corta escote en v. Tiene una barba canosa larga, muy larga, de la que todos hablan, que por momentos se espesa y se ve gris, al mejor estilo Gandhi.
A los 18 años se jugaba olimpíadas con un amigo. Competían por ver quién tardaba más en hacer las siete cuadras que hay desde el obelisco hasta Callao por Corrientes. Salían para conocer chicas pero se colgaban viendo qué había en los teatros. Para no perderse nada se contaban las carteleras cuando terminaba la competencia.
A las visitas pide que le lleven libros de regalo, quiere leer, leer todo, devorar lo que pueda. Se sorprende cuando recibe Un mundo feliz de Huxley, lo contempla, le pasa la mano como quitándole el polvo. Era nuevo. Mira la contratapa:
––gracias, quería tenerlo hace rato. –Silencio.
Así empezó: el 28 de septiembre de 1977, mientras esperaba para entrar gratis al teatro, una valkiria, con el pelo rojo recogido le tocó la espalda. Era Katja Aleman. Ella lo llevó durante varias noches al New York City dónde conoció a Aisenstein y Helmut Sigger. El teatro todavía era demasiado político, mucha protesta y pocas novedades. Se crearon, se inventaron, una especie de “culpa cultural” y mientras todos decían “hay que hacer algo” ellos hacen el Einstein. Avenida Córdoba al 2.700. Vivi Tellas, Luca Prodan, Los Twist, eran los que más lo transitaban. Luca dormía borracho en el bar cotidianamente. Ahí se gestó la movida de actores que después se trasladó al Parakultural: Batato Barea, Alejandro Urdapilleta, las Gambas al ajillo, Tortonese, Alejandra Flechner.
En los ochenta, Emir Omar Chabán frecuentó los lugares del under cultural. Fue desertor de la colimba y vestía de modo bastante estrafalario: con pijamas rayados, lisos o con plumas. A veces, remeras y pantalones amplios, uno o dos talles más grandes. Siempre sombrero. En reiteradas oportunidades los espectáculos eran suspendidos por la policía para pedirle la identificación a todos los espectadores. A él nunca se lo llevaron.
Las obras de teatro eran cada vez más visitadas. Ansioso por mostrar el nuevo estilo preparó una sala del Einstein para la presentación con Katja. El sector, un poco venido abajo con paredes descascaradas por la humedad, lo preparó con tarimas hechas de cajones de manzana y rampas de goma. Banderines de plástico en los colores verde, azul y amarillo colgados de una soga, atravesaban una esquina del sector que parece el escenario. Sillas metálicas oxidadas y Omar con el pelo oscuro, corto y sin barba, se sentó con las piernas cruzadas y la cabeza apoyada en una mano. Está vestido con una musculosa amarilla, anteojos de sol y unas polainas rojas que tapaban la base de las Topper blancas. Katja Aleman con calzas negras, vestido negro y zapatos blancos, se paró en los cajones de espaldas a Omar y hablaba, hablaba mucho. Omar los recibía vestido de alguna manera extraña en la puerta y los invita a pasar. Al principio pagaba la entrada a gente conocida para hacerse ver.
Recuerda una noche de olla popular con pizza a la Einstein:
––Soda tocaba gratis, había una rara mezcla de gente. Salimos con Daniel Melero a comprar un pollo y Daniel me dijo que tenía una sensación histórica, yo también la tenía. Era la sensación de que formábamos parte de la historia de la cultura de esta ciudad.
Piensa que el rock tiene falta de estilo. Conoce a los Sumo. Entra en el negocio. Mediados los ochenta abre Cemento. Allí tocan todas las bandas del rock nacional. Pasan Sumo, Los Redondos, 2 minutos, la Mona Jiménez, Catupecu Machu –con la entrada a $1–, y A.N.I.M.A.L. Las bandas que reventaban Cemento 2 o 3 veces por fin de semana, pasaban de ahí a Obras. Después: la fama.
En Cemento siempre se podía entrar aunque no puedas pagar la entrada, te rebotaban en la ventanilla una o dos veces, pero a la tercera, cuando ya la banda esta arrancando, terminabas entrando. Diego Arnedo, bajista de Divididos, está seguro con lo que dice: ––Es un tipo de palabra, un tipo en quien se puede confiar, casi nadie firma contratos para hacer arreglos, hay que hablar con él y listo.
Le gusta hablar de los ochenta. Cuando se acerca el guarda cárcel para avisar que habían pasado las dos horas de visita corre la mesa con las cuatro sillas a un costado, les pide a los policías que se pongan frente a él. Es actor. Armónico para moverse. Se desliza de un costado a otro cruzando las piernas con cada paso y acompaña los movimientos con las manos llevándolas de arriba abajo una y otra vez. Una puesta en escena de cinco minutos.
––Dame tu teléfono que cuando salga de acá te voy a invitar a ver buen teatro –dijo, y se perdió en un pasillo.
sábado, 29 de agosto de 2009
miércoles, 7 de enero de 2009
Una exposición del yo
No me gustan las cronologías. A los ocho años me dieron mi primer beso jugando a las escondidas. A los 27 le dije a mi hija de ocho, por chat, que la quería, me contestó llo tamvien. La primera escena de sexo la tuve en un departamento vacío. El primer contacto con un libro fue cuando me dieron el primer beso, eran los cuentos de terror de Elsa Borneman. El último libro que leí fue Los detectives salvajes de Roberto Bolaño, el próximo alguno de Nick Hornby.
El 18 de febrero de 1992 cumplí once años y fue el día que tuve el primer contacto con la muerte: mi perro se ahogó en el baúl del auto de mi papá. El perro de mi hija hace unos días comió marihuana y alucinó durante tres horas, después durmió ocho seguidas sin moverse.
Cuando terminé el colegio secundario, bachillerato con orientación en “letras”, me anoté en periodismo y quedé embarazada. La carrera la elegí pensando que reunía todo lo que me gustaba aprender y con los años descubrí que quería aprender mucho más que eso y que todo lo que me gustaba no estaba en la carrera de periodismo. Empecé a escribir crónicas tres años después de que rendí la última materia. Ayer ordené los libros de la biblioteca y conté unos trecientos: no los leí todos, tampoco están todos los que leí.
Cuando era chiquita me gustaba hacer deportes, sobre todo jugar al futbol con los chicos del barrio, andar en bicicleta, jugar carreras con zapatillas nuevas que te hacían ser más rápido y quería ser profesora de educación física. Desde los 14 fumo Marlboro, y si no hay, Philips Morris o Camel. Me gusta ver fútbol.
Hace cuatro años trabajo en una editorial donde corregí, edité, escribí, redacté las notas de la WEB, hice entrevistas, dí entrevistas. No soy autora de ningún libro. No me gusta la televisión, la radio me da lo mismo, el diario lo leo los domingos.
Desde el jardín de infantes me aburrieron las señoritas, las maestras y los profesores. Hace cinco años doy clases en la facultad.
De las distintas épocas recuerdo más los olores que la música. No tengo marido, ya tuve uno, no creo en el amor para toda la vida, tampoco creo que las cosas que nos gustan sean para siempre, hoy me gusta escribir, creo que en un tiempo me va a gustar otra cosa, ser secretaria y atender los teléfonos sin pensar, pasar los productos de un supermercado por una caja y que haga pip, pip para cobrarlos o estudiar física o fisiología clínica. Cuando tenía 16 años volví de un viaje a Europa y me puse a pintar cuadros y pensaba que escribir era solo para los grandes escritores.
Lo último que hice fue un taller con Sonia García. Leyó mis crónicas y mis cuentos y me dijo: “todo muy lindo… pero tenés que sacarte el corsét, tu escritura es muy estructurada, muy prolijita”, entendí que prácticamente aburre, entonces me recomendó Aura de Carlos Fuentes, ahora hay esto.
El 18 de febrero de 1992 cumplí once años y fue el día que tuve el primer contacto con la muerte: mi perro se ahogó en el baúl del auto de mi papá. El perro de mi hija hace unos días comió marihuana y alucinó durante tres horas, después durmió ocho seguidas sin moverse.
Cuando terminé el colegio secundario, bachillerato con orientación en “letras”, me anoté en periodismo y quedé embarazada. La carrera la elegí pensando que reunía todo lo que me gustaba aprender y con los años descubrí que quería aprender mucho más que eso y que todo lo que me gustaba no estaba en la carrera de periodismo. Empecé a escribir crónicas tres años después de que rendí la última materia. Ayer ordené los libros de la biblioteca y conté unos trecientos: no los leí todos, tampoco están todos los que leí.
Cuando era chiquita me gustaba hacer deportes, sobre todo jugar al futbol con los chicos del barrio, andar en bicicleta, jugar carreras con zapatillas nuevas que te hacían ser más rápido y quería ser profesora de educación física. Desde los 14 fumo Marlboro, y si no hay, Philips Morris o Camel. Me gusta ver fútbol.
Hace cuatro años trabajo en una editorial donde corregí, edité, escribí, redacté las notas de la WEB, hice entrevistas, dí entrevistas. No soy autora de ningún libro. No me gusta la televisión, la radio me da lo mismo, el diario lo leo los domingos.
Desde el jardín de infantes me aburrieron las señoritas, las maestras y los profesores. Hace cinco años doy clases en la facultad.
De las distintas épocas recuerdo más los olores que la música. No tengo marido, ya tuve uno, no creo en el amor para toda la vida, tampoco creo que las cosas que nos gustan sean para siempre, hoy me gusta escribir, creo que en un tiempo me va a gustar otra cosa, ser secretaria y atender los teléfonos sin pensar, pasar los productos de un supermercado por una caja y que haga pip, pip para cobrarlos o estudiar física o fisiología clínica. Cuando tenía 16 años volví de un viaje a Europa y me puse a pintar cuadros y pensaba que escribir era solo para los grandes escritores.
Lo último que hice fue un taller con Sonia García. Leyó mis crónicas y mis cuentos y me dijo: “todo muy lindo… pero tenés que sacarte el corsét, tu escritura es muy estructurada, muy prolijita”, entendí que prácticamente aburre, entonces me recomendó Aura de Carlos Fuentes, ahora hay esto.
miércoles, 10 de diciembre de 2008
No va a pasar nada
En un salón silencioso con el público que espera dando vueltas por el bar, hay un escenario vacío y una persona con el torso desnudo, tiradores de cuero y un delantal de cintura de cuero negro, que elige gente del público, la mira a los ojos, le toma la mano suave, muy suave, y con voz grave los invita a acompañarlo. Así se van llevando gente, en tandas de diez personas. Se van con el seño fruncido, por un rato no vuelven pero regresan sonrientes. Todos esperan que pase algo, pero de fondo una voz reza: “No va a pasar nada”. Así el grupo La secta le da comienzo al espectáculo.
Me llevan a un pasillo oscuro con otros. Vamos pasando por distintos salones que están apenas iluminados con velas: en uno hay un joven recostado sobre un sillón con broches en el cuerpo, en la nariz, en los brazos. También tiene el torso desnudo y de la cintura para abajo tiene un manto de cuero negro, todos están más o menos así vestidos. Ahora nos invitan a tocar al que está ahí en el sillón. Nadie se anima, hay cierto temor, pero por fin el que está al lado mío con un poco de violencia le quita el broche de la nariz y se lo prende en una ceja. Entonces, todos empiezan a experimentar con ese cuerpo que se mueve poco pero espasmódicamente. En otro salón un hombre intenta comer y no puede porque tiene la cara envuelta con film y se chorrea.
Así es todo, parece que no pasa nada pero empieza la música que crea otro ambiente. Distinto. Los músicos que estaban en la obra, ahora suben al escenario. Gastón Cingolani y Alejandro Arecha en voz, Fabián Piccineli en teclados, Hugo Fernández en guitarra, Esteban Goral en batería, Marcos Scarafoni en bajo, Ulises Cremonte en actuación y mix dj, Amanda en actuación, Julieta Lloret en imagen y las Asistentes María y Zaida.
Suena lo ambient, la electrónica, el rock, siempre montado sobre una escena; la música ahora es parte de la escenografía. La música y el teatro son indivisibles, pasa todo junto. Todos se plantean como samplers, un nexo entre la música y la actuación, como partes de una pista de audio y un hombre con maquillaje plateado y una notebook los mezcla, tira pistas en algunos pasajes.
Ese es un show, pero siempre habrá un juego de miedo, ironía y seducción, acompañado por música, y a ellos que juegan a ser otros, mientras se prueban y miden qué se animan a hacer ahí frente al público.
Utilizan todos los recursos relacionados con los sentidos e intentan romper lo preestablecido, sobre todo con la cotidianeidad del lugar, y no pierden oportunidad para darle protagonismo al público, desde la participación hasta la interpretación. La secta lanza un mensaje que usa como disparador, y que cada uno entienda. Son cínicos, sagaces, grotescos y tienen espontaneidad.
Parecen extranjeros por el vestuario que usan y por la rareza de lo que plantean, sin embargo no generan rechazo, porque son sensuales, cuidan la estética y los movimientos. A muchos les recuerda a la banda alemana Ramstein, que surgió en paralelo. Pueden hacer temas propios con un estilo similar y suenan con la misma potencia, como es el caso de sus dos hits: El volador y Un gusano de cemento, o disparatar con una versión de Mirada Speed de Virus y reflejar el mismo estilo pero con un toque de ironía.
Ellos dicen: “Si gusta, o no, no interesa, lo demás se defiende por sí solo”. Lo que importa es que cautivan, si les interesa verlos, pronto llegarán las coordenadas de su próxima aparición.
Me llevan a un pasillo oscuro con otros. Vamos pasando por distintos salones que están apenas iluminados con velas: en uno hay un joven recostado sobre un sillón con broches en el cuerpo, en la nariz, en los brazos. También tiene el torso desnudo y de la cintura para abajo tiene un manto de cuero negro, todos están más o menos así vestidos. Ahora nos invitan a tocar al que está ahí en el sillón. Nadie se anima, hay cierto temor, pero por fin el que está al lado mío con un poco de violencia le quita el broche de la nariz y se lo prende en una ceja. Entonces, todos empiezan a experimentar con ese cuerpo que se mueve poco pero espasmódicamente. En otro salón un hombre intenta comer y no puede porque tiene la cara envuelta con film y se chorrea.
Así es todo, parece que no pasa nada pero empieza la música que crea otro ambiente. Distinto. Los músicos que estaban en la obra, ahora suben al escenario. Gastón Cingolani y Alejandro Arecha en voz, Fabián Piccineli en teclados, Hugo Fernández en guitarra, Esteban Goral en batería, Marcos Scarafoni en bajo, Ulises Cremonte en actuación y mix dj, Amanda en actuación, Julieta Lloret en imagen y las Asistentes María y Zaida.
Suena lo ambient, la electrónica, el rock, siempre montado sobre una escena; la música ahora es parte de la escenografía. La música y el teatro son indivisibles, pasa todo junto. Todos se plantean como samplers, un nexo entre la música y la actuación, como partes de una pista de audio y un hombre con maquillaje plateado y una notebook los mezcla, tira pistas en algunos pasajes.
Ese es un show, pero siempre habrá un juego de miedo, ironía y seducción, acompañado por música, y a ellos que juegan a ser otros, mientras se prueban y miden qué se animan a hacer ahí frente al público.
Utilizan todos los recursos relacionados con los sentidos e intentan romper lo preestablecido, sobre todo con la cotidianeidad del lugar, y no pierden oportunidad para darle protagonismo al público, desde la participación hasta la interpretación. La secta lanza un mensaje que usa como disparador, y que cada uno entienda. Son cínicos, sagaces, grotescos y tienen espontaneidad.
Parecen extranjeros por el vestuario que usan y por la rareza de lo que plantean, sin embargo no generan rechazo, porque son sensuales, cuidan la estética y los movimientos. A muchos les recuerda a la banda alemana Ramstein, que surgió en paralelo. Pueden hacer temas propios con un estilo similar y suenan con la misma potencia, como es el caso de sus dos hits: El volador y Un gusano de cemento, o disparatar con una versión de Mirada Speed de Virus y reflejar el mismo estilo pero con un toque de ironía.
Ellos dicen: “Si gusta, o no, no interesa, lo demás se defiende por sí solo”. Lo que importa es que cautivan, si les interesa verlos, pronto llegarán las coordenadas de su próxima aparición.
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